Juan Carlos Sanchez Sottosanto lleva algunos días exponiendo en su blog una magnífica antología en la que recoge obras de autores que, escribiendo en castelllano, hayan acudido a la memoria de la antigüedad clásica, esa que genéricamente conocemos como derivada de los avatares históricos o mitológicos de Grecia y Roma, para su inspiración. Como sucede siempre con este autor y estudioso, tenemos el disfrute garantizado, primero por el enriquecimiento intelectual que nos ofrece; segundo, por la calidad innegable de los textos seleccionados; tercero, pero que yo casi pondría en un primer lugar, por algo que les está reservado sólo a los creadores cuando se disponen a sistematizar o analizar, y es el hecho de que en esta especie de estructuración siempre aparecerá la rendija precisa por la que cada lector que se acerque hallará el resorte que particularmente le suscite la emoción si no pendiente, sí en un primer momento pudiera parecer que ajena a este tipo de trabajos, de tal forma, que lo iniciado o pretendido como "estudio" termina por constituir también una obra de arte en sí misma.
Dejo los enlaces a cada una de las entradas que ya han sido publicadas. Conforme vaya Juan Carlos lanzando más, iré actualizando esta misma. También en la columna de la derecha de este blog dejaré enlace permanente a esta entrada.
Pero no me reservo el placer de incluir aquí uno de los textos que ha seleccionado, un poema que toca todas mis fibras sensibles: "Un olivo del camino", de Antonio Machado. Abajo del todo lo reproduzco.
GRECIA Y ROMA EN LA LENGUA DE CASTILLA
(Por Juan Carlos Sánchez SottoSanto)
Una antología que comienza
I. Machado y Démeter
II. Los caballos de Abdera, de Leopoldo Lugones
III. Polixena
IV. Alejandro Bekes
V. Semejante a la noche, de Alejo Carpentier
VI. Ruinas
VII. El ídolo de las Cícladas, de Julio Cortázar
VIII. Fray Luis y Virgilio
IX. La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges
X. Juan de Arguijo
XI. Prehistorias y cosmogonías
XII. Collige, uirgo, rosas
XIII. El gallo de Sócrates, de Leopoldo Alas Clarín
XIV. Francisco de Rioja, y Apolo y Dafne
XV. Prometeo, de Olegario Víctor Andrade
XVI. El anónimo sevillano
XVII. Hero y Leandro
XVIII. En la poesía de Borges
XIX. Penélope y Helena de Troya
Olivo del camino
A la memoria de D. Cristóbal Torres
I
Parejo de la encina castellana
crecida sobre el páramo, señero
en los campos de Córdoba la llana
que dieron su caballo al Romancero,
lejos de tus hermanos
que vela el ceño campesino -enjutos
pobladores de lomas y altozanos,
horros de sombra, grávidos de frutos-,
sin caricia de mano labradora
que limpie tu ramaje, y por olvido,
viejo olivo, del hacha leñadora,
¡cuán bello estás junto a la fuente erguido,
bajo este azul cobalto,
como un árbol silvestre espeso y alto!
II
Hoy, a tu sombra, quiero
ver estos campos de mi Andalucía,
como a la vera ayer del Alto Duero
la hermosa tierra de encinar veía.
Olivo solitario,
lejos de olivar, junto a la fuente,
olivo hospitalario
que das tu sombra a un hombre pensativo
y a un agua transparente,
al borde del camino que blanquea,
guarde tus verdes ramas, viejo olivo,
la diosa de ojos glaucos, Atenea.
III
Busque tu rama verde el suplicante
para el templo de un dios, árbol sombrío;
Deméter jadeante
pose a tu sombra, bajo el sol de estío.
Que reflorezca el día
en que la diosa huyó del ancho Urano,
cruzó la espalda de la mar bravía,
llegó a la tierra en que madura el grano.
Y en su querida Eleusis, fatigada,
sentóse a reposar junto al camino,
ceñido el peplo, yerta la mirada,
lleno de angustia el corazón divino...
Bajo tus ramas, viejo olivo, quiero
un día recordar del sol de Homero.
IV
Al palacio de un rey llegó la dea,
sólo divina en el mirar sereno,
ocultando su forma gigantea
de joven talle y redondo seno,
trocado el manto azul por burda lana,
como sierva propicia a la tarea
de humilde oficio con que el pan se gana.
De Keleos la esposa venerable,
que daba al hijo en su vejez nacido,
a Demofón, un pecho miserable,
la reina de los bucles de ceniza,
del niño bien amado
a Deméter tomó para nodriza.
Y el niño floreció como criado
en brazos de una diosa,
o en las selvas feraces
-así el bastardo de Afrodita hermosa-
al seno de las ninfas montaraces.
V
Mas siempre el ceño maternal espía,
y una noche, celando a la extranjera,
vio la reina una llama. En roja hoguera
a Demofón, el príncipe lozano,
Deméter impasible revolvía,
y al cuello, al torso, al vientre, con su mano
una sierpe de fuego le ceñía.
Del regio lecho, en la aromada alcoba,
saltó la madre; al corredor sombrío
salió gritando, aullando, como loba
herida en las entrañas: ¡hijo mío!
VI
Deméter la miró con faz severa.
-Tal es, raza mortal, tu cobardía.
Mi llama el fuego de los dioses era.
Y al niño, que en sus brazos sonreía:
-Yo soy Deméter que los frutos grana,
¡oh príncipe nutrido por mi aliento,.
y en mis brazos más rojo que manzana
madurada en otoño al sol y al viento!...
Vuelve al halda materna, y tu nodriza
no olvides, Demofón, que fue una diosa;
ella trocó en maciza
tu floja carne y la tiñó de rosa,
y te dio el ancho torso, el brazo fuerte,
y más te quiso dar y más te diera:
con la llama que libra de la muerte,
la eterna juventud por compañera.
VII
La madre de la bella Proserpina
trocó en moreno grano,
para el sabroso pan de blanca harina,
aguas de abril y soles de verano.
Trigales y trigales ha corrido
la rubia diosa de la hoz dorada,
y del campo a las eras del ejido,
con sus montes de mies agavillada,
llegaron los huesudos bueyes rojos,
la testa dolorida al yugo atada,
y con la tarde ubérrima en los ojos.
De segados trigales y alcaceles
hizo el fuego sequizos rastrojales;
en el huerto rezuma el higo mieles,
cuelga la oronda pera en los perales,
hay en las vides rubios moscateles,
y racimos de rosa en los parrales
que festonan la blanca almacería
de los huertos. Ya irá de glauca a bruna,
por llano, loma, alcor y serranía,
de los verdes olivos la aceituna...
Tu fruto, ¡oh polvoriento del camino
árbol ahíto de la estiva llama!,
no estrujarán las piedras del molino,
aguardará la fiesta, en la alta rama,
del alegre zorzal, o el estornino
lo llevará en su pico, alborozado.
Que en tu ramaje luzca, árbol sagrado,
bajo la luna llena,
el ojo encandilado
del búho insomne de la sabia Atena.
Y que la diosa de la hoz bruñida
y de la adusta frente
materna sed y angustia de uranida
traiga a tu sombra, olivo de la fuente.
Y con tus ramas la divina hoguera
encienda en un hogar del campo mío,
por donde tuerce perezoso un río
que toda la campiña hace ribera
antes que un pueblo, hacia la mar, navío.
(Antonio Machado)

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