Juan Carlos Sánchez Sottosanto me ha regalado hoy esta joya..."una regalillo sabático", me ha dicho, así como si fuera cualquier cosa, una entrada de su blog, publicada en el 2009, con la versión bilingüe del cuento del escritor brasileño Joâo Guimarâes Rosa "Tercera margen del río". La reproduzco completa.
Ayer hablaba en unos versos aún sin publicar del nunca volver a la orilla. Dejo para mis adentros mis impresiones esta vez. La rotundidad de lo inefable hace acto de presencia.
Tercera margen del río, de João Guimarães Rosa (versión bilingüe)
El propio título de este cuento nos sumerge, de entrada, en la órbita de lo metafísico o de la locura, que a veces suelen ser sinónimas. Ningún personaje posee un nombre propio; la primera persona narradora abarca un largo tiempo cronológico, que no coincide con los andares del psicológico. La imposible tercera margen del río va deviniendo, así, más que una búsqueda en el aislamiento de un río físico, un descenso a un límite interior del alma; del protagonista se llega a decir que regresa “del más allá”. La antítesis heraclíteo-parmenídea (¿el río fluye realmente?), el tema del padre, el tema de la culpa, se entrecruzan en el sugerente paisaje mineiro, que a la postre puede ser cualquier paisaje.
Cuento extraño, su sintaxis también lo es, hasta un punto de producir azoramiento, aunque el lector puede, con cierto esfuerzo, acostumbrarse. He percibido en ciertas traducciones la intención de “normalizar” en nuestra lengua dicha sintaxis. He tratado, por el contrario, que esa intervención evidente del autor permanezca en la versión, por más “desprolija” que parezca. Habla coloquial mezclada con exquisiteces semánticas, frases breves, palabras reiteradas, oraciones en gerundio, y sobre todo, un uso inusitado en la cantidad de comas (y de guiones), que a veces desconcierta. Mientras que desde Mallarmé en adelante la inpuntuación ha sido un medio para imitar el flujo del pensamiento, aquí las comas parecen querer detener el tiempo, cargarlo de pausas, quitar los atrofiamientos de la lengua escrita hacia una oralidad trabajosa y trabajada, de tipo rural, pero sin parodia alguna, como a veces se ha hecho con la del hombre de campo en la Argentina.
Abundan ciertos neologismos y regionalismos, y algunas irrupciones violentas en el orden de los vocablos, que a veces me he obligado a evitar; por ejemplo, decir, “nada no dijo”. En portugués es inusual también, pero eufónico. En castellano, suena desastroso.
En otro sitio de este blog puede hallarse, también, el homenaje de Caetano Veloso a este cuento memorable.
Tercera margen del río
Nuestro padre era hombre cumplidor, ordenado, positivo; y fue así desde joven y de niño, por lo que testimoniaban las personas sensatas, cuando hice indagaciones. De lo que yo mismo recuerdo, no parecía más despistado ni más triste que los otros, conocidos nuestros. Solamente quieto. Nuestra madre era quien regía, y lidiaba a diario con nosotros – mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre se mandó hacer para sí una canoa.
Iba en serio. Encomendó una canoa especial, de palo de vinhático, pequeña, sólo con una tablilla de popa, como para caber justo el remero. Tuvo que ser fabricada íntegra, escogida fuerte y arqueada en fijo, propia como para poder durar en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre renegó mucho contra la idea. ¿Sería que él, que de esas artes nada sabía, se iba a embarcar en pescas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, estaba más próxima al río, cosa de un cuarto de legua: el río por ahí se extendía grande, hondo, callado siempre. Ancho, al grado de no poder verse la otra orilla. Y no podré olvidar, el día en que la canoa quedó lista.
Sin alegría ni cuidado, nuestro padre se caló el sombrero y decidió un adiós para la gente. Ni dijo más, no llevó ropa o comida, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, pensaron que iba a enfurecerse, pero persistió solamente alba de tan pálida, se mordió el labio y bramó: - “¡Andate, hacé lo que quieras, pero no vuelvas!” Nuestro padre suspendió respuesta. Echó un manso vistazo hacia mí, con ademán de que lo acompañase, por unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí, en un arranque. El rumbo de aquello me animaba, hasta el punto de que pregunté: - “Padre, ¿me lleva junto a usted, en su canoa?” Volvió a mirarme, y me echó su bendición, con gesto de que retrocediera. Hice como que vine, pero viré, en una hondura del monte, para saber. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa salió alejándose – y también su sombra, hecha un yacaré, extendida larga.
Nuestro padre no volvió. No iba a ninguna parte. Sólo ejecutaba la invención de permanecer en aquellos espacios del río, de medio a medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. La extrañeza de esa verdad dio para espantar a toda la gente. Aquello que no podía ser, acontecía. Los parientes, vecinos y conocidos nuestros, se reunieron, armaron consejo juntamente.
Nuestra madre, avergonzada, se portó con mucha cordura; por eso, todos pensaron en una razón relacionada con nuestro padre por la cual no quería hablar: locura. Sólo algunos pensaron la alternativa de que fuera el cumplimiento de una promesa; o que, nuestro padre, quien sabe, por escrúpulo de estar con alguna fea dolencia, quizás la lepra, desertaba hacia otro sino del existir, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias dándose por ciertas personas – viajeros, moradores de las orillas, hasta de la lejanía de la otra banda – describiendo que nuestro padre nunca surgía a hacer tierra, en ningún punto ni rincón, ni de día ni de noche, de la forma cómo cursaba el río, suelto solitariamente. Entonces, pues, nuestra madre y los parientes, concluyeron: que los aprovisionamientos que tuviese, ocultados en la canoa, se terminarían; y, él, o desembarcaba y se alejaba, para siempre, lo que al menos condecía con lo correcto, o se arrepentía, de una vez, y vuelta a casa.
No más que un engaño. Yo mismo cumplía con llevarle, cada día, algo de comida hurtada: una idea que sentí, luego de la primera noche, cuando nuestro personal probó encendiendo fogatas en la ribera del río, mientras, a su luz, se rezaba y llamaba. Después, veces siguientes, me aparecía con dulce de caña, pan de maíz, racimos de bananas. Avisté a nuestro padre, al cabo de una hora, que se hizo eterna: así solo, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, suspendida en lo liso del río. Me vio, no remó para acá, no hizo señal. Mostré la comida, la deposité en un hueco de piedra en el barranco, a salvo de bichos y a resguardo de lluvias y rocío. Eso, lo hice, y volví a hacer, siempre, mucho tiempo. Sorpresa que más tarde tuve: que nuestra madre sabía de mi asunto, encubriendo que lo sabía; ella misma dejaba, para facilitar, sobras de cosas, para que yo las hallase. Nuestra madre no exteriorizaba mucho.
Hizo venir a nuestro tío, hermano de ella, para auxiliarla en la hacienda y los negocios. Hizo venir al maestro, para nosotros, los niños. Encomendó al párroco para que un día se pertrechase, en la playa del margen, para conjurar y clamar a nuestro padre del deber de desistir del triste tema. Otra vez, para arrancarlo de allí, a fuerza de miedo, vinieron dos soldados. Y todo para que no sirviese de nada. Nuestro padre pasaba a lo largo, visible o difuso, cruzando en la canoa, sin permitir la cercanía física, ni siquiera una voz. Lo mismo cuando vinieron, no hace mucho, dos periodistas, que trajeron una lancha buscando fotografiarlo, no vencieron: nuestro padre se iba para el otro lado, aproaba la canoa en el zarzal, de leguas, que hay, por entre juncos y matorrales, y que él solo conocía, en detalle, aún en la oscuridad.
Uno tuvo que acostumbrarse a aquello. A las penas que aquello trajo, es cierto, nunca se acostumbró. Hablo por mí, que lo quería, y lo que no quería, sólo con nuestro padre lo hallaba: asunto que tironeaba hacia atrás mis pensamientos. Lo duro era, no entender, de ninguna manera, cómo se las aguantaba. De día y de noche, con sol o aguacero, calor, sereno, y en los fríos terribles de a medio año, sin reparo, sólo con su sombrero viejo en la cabeza, por semanas, meses, años – sin hacer cuenta de su irse del vivir. No bajaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas e islotes del río, no pisó más suelo seco ni hierba. Por cierto, al menos, que, para dormir un poco, amarrase la canoa, en alguna punta de isla, en lo escondido. Pero ni prendía fueguito en la playa, ni disponía de linterna, nunca más encendió un fósforo. Lo que comía, era mínimo; aún de lo que uno depositaba, entre las raíces de gameleira, o en la gruta de piedra del barranco, él recogía poco, ni lo indispensable. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para tener firme la canoa, soportando, tanto en la demasía de las inundaciones, en las crecidas, como en las correntadas enormes del río cuando todo lo arrolla el peligroso, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árboles bajando – en un encontronazo de espanto. Y nunca cruzó más palabra, con persona alguna. Nosotros, tampoco hablábamos más de él. Sólo se pensaba. No, con nuestro padre no podía mediar el olvido, y si por un rato, uno se hacía el que olvidaba, era para despertar de nuevo, de repente, vueltos memoria, al paso de otros sobresaltos.
Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Uno pensaba en él, cuando se comía una comida más gustosa; o cuando llegando la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre sólo con una mano y una calabaza para ir vaciando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro hallaba que yo me iba volviendo parecido a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, de uñas grandes, enfermo y magro, negro por el sol y por los pelos, con el aspecto de un bicho, casi desnudo, aún con las piezas de ropa que de vez en cuando le proveíamos.
No quería saber de nosotros; ¿no nos tenía afecto? Pero, por afecto también, por respeto, siempre que a veces me alababan, por algo que había hecho bien, yo decía: “Fue mi padre que un día me enseñó a hacer así…”; lo que no era cierto, ni exacto; más bien, una mentira hecha verdad. ¿Siendo que, él no se acordaba, ni quería saber de nosotros, por qué, entonces, no subía o descendía el río, hacia otros parajes, lejos, hacia lo no encontrable? Sólo él sabía. Pero mi hermana tuvo un niño, ella misma porfió que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco, fue en un día bonito, mi hermana de vestido blanco, el de su casamiento, levantó en sus brazos a la criatura, el marido sosteniendo, para defender a los dos, una sombrilla. Llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos ahí lloramos, abrazados.
Mi hermana se mudó, con el marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos mudaban, en la lenta prisa de los tiempos. Nuestra madre terminó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana, estaba envejecida. Yo me quedé aquí, solo. No podía pensar en casarme. Permanecí, con los bagajes de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé – en su vagar, en el río en el yermo – sin dar razón de su acción. Cosa que, cuando yo mismo quise saber, e indagué firme, me dijeron que se decía: que constaba que nuestro padre, alguna vez, habría revelado la explicación, al hombre que le aprontó la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto, nadie que supiese, que hiciese memoria, de nada. Sólo las falsas charlatanerías, sin sentido, como al comienzo, cuando viniendo las primeras crecidas del río, con lluvias que no paraban, todos temieron el fin del mundo, diciendo: que nuestro padre había sido avisado como Noé, que, por lo tanto, con la canoa se había anticipado; ahora algo me recuerdo. Pero a mi padre, yo no podía condenarlo. Y apuntaban ya en mí unos primeros cabellos blancos.
Soy hombre de tristes palabras. ¿Por qué sentía yo tanta, tanta culpa? Si mi padre, siempre interponiendo ausencia: y el río-río-río, el río – poniendo infinitud. Yo ya sufría el comienzo de la vejez – esta vida era sólo un demorarse. Yo mismo tenía achaques, ansias, ahí dentro, cansancios, rengueras de reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no iba a tardar, día más, día menos, en flaquear su vigor, dejando que la canoa se volcase, o que flotase sin pulso, en el andar del río, para despeñarse más abajo, en el estruendo y en el tumbo de la cascada, brava, con hervor y muerte. Rompía el corazón. Estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que no sé, de un dolor abierto, en mis adentros. Sabría – si otras fueran las cosas. Y fui madurando una idea.
Sin hacer vísperas. ¿Soy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se usaba, nunca más se usó, todos esos años, a nadie se tachaba de loco. Ninguno es loco. O, entonces, todos. Lo fui, porque allá fui. Con un pañuelo, para hacer claro mi signo. Yo estaba en uso de todos mis sentidos. Esperé. Por fin, apareció, aquí y allá, un bulto. Estaba allí, sentado a popa. Estaba allí, al alcance de mi grito. Llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, jurando y declarando, tuve que reforzar la voz: - “Padre, usted está viejo, ya hizo lo suyo… Ahora, venga, ya no es necesario… Venga usted, y yo, ahora mismo, cuando sea, los dos de acuerdo, ¡yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa!…” Y, así diciendo, mi corazón latió precipitado.
Él me escuchó. Se puso en pie. Manejó el remo en el agua, proaba hacia acá, resuelto. Y yo temblé, profundo, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y saludado con un gesto – el primero, ¡después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De pavor, erizados los cabellos, corrí, huí, me lancé de allí, desatinado. Porque me pareció que él venía: del más allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo un perdón.
Sufrí el grave frío de los miedos, adolecí. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa impiedad? Soy el que no fui, el que permanecerá callado. Sé que ahora es tarde, y temo abreviar mi vida, en la vileza del mundo. Mas, entonces, al menos, que en el instante de mi muerte, tomen mi cuerpo, y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no cesa, de orillas largas: y, yo, río abajo, río afuera, río adentro – el río.
Terceira margem do rio
Nosso pai era homem cumpridor, ordeiro, positivo; e sido assim desde mocinho e menino, pelo que testemunharam as diversas sensatas pessoas, quando indaguei a informação. Do que eu mesmo me alembro, ele não figurava mais estúrdio nem mais triste do que os outros, conhecidos nossos. Só quieto. Nossa mãe era quem regia, e que ralhava no diário com a gente — minha irmã, meu irmão e eu. Mas se deu que, certo dia, nosso pai mandou fazer para si uma canoa.
Era a sério. Encomendou a canoa especial, de pau de vinhático, pequena, mal com a tabuinha da popa, como para caber justo o remador. Mas teve de ser toda fabricada, escolhida forte e arqueada em rijo, própria para dever durar na água por uns vinte ou trinta anos. Nossa mãe jurou muito contra a idéia. Seria que, ele, que nessas artes não vadiava, se ia propor agora para pescarias e caçadas? Nosso pai nada não dizia. Nossa casa, no tempo, ainda era mais próxima do rio, obra de nem quarto de légua: o rio por aí se estendendo grande, fundo, calado que sempre. Largo, de não se poder ver a forma da outra beira. E esquecer não posso, do dia em que a canoa ficou pronta.
Sem alegria nem cuidado, nosso pai encalcou o chapéu e decidiu um adeus para a gente. Nem falou outras palavras, não pegou matula e trouxa, não fez a alguma recomendação. Nossa mãe, a gente achou que ela ia esbravejar, mas persistiu somente alva de pálida, mascou o beiço e bramou: — "Cê vai, ocê fique, você nunca volte!" Nosso pai suspendeu a resposta. Espiou manso para mim, me acenando de vir também, por uns passos. Temi a ira de nossa mãe, mas obedeci, de vez de jeito. O rumo daquilo me animava, chega que um propósito perguntei: — "Pai, o senhor me leva junto, nessa sua canoa?" Ele só retornou o olhar em mim, e me botou a bênção, com gesto me mandando para trás. Fiz que vim, mas ainda virei, na grota do mato, para saber. Nosso pai entrou na canoa e desamarrou, pelo remar. E a canoa saiu se indo — a sombra dela por igual, feito um jacaré, comprida longa.
Nosso pai não voltou. Ele não tinha ido a nenhuma parte. Só executava a invenção de se permanecer naqueles espaços do rio, de meio a meio, sempre dentro da canoa, para dela não saltar, nunca mais. A estranheza dessa verdade deu para estarrecer de todo a gente. Aquilo que não havia, acontecia. Os parentes, vizinhos e conhecidos nossos, se reuniram, tomaram juntamente conselho.
Nossa mãe, vergonhosa, se portou com muita cordura; por isso, todos pensaram de nosso pai a razão em que não queriam falar: doideira. Só uns achavam o entanto de poder também ser pagamento de promessa; ou que, nosso pai, quem sabe, por escrúpulo de estar com alguma feia doença, que seja, a lepra, se desertava para outra sina de existir, perto e longe de sua família dele. As vozes das notícias se dando pelas certas pessoas — passadores, moradores das beiras, até do afastado da outra banda — descrevendo que nosso pai nunca se surgia a tomar terra, em ponto nem canto, de dia nem de noite, da forma como cursava no rio, solto solitariamente. Então, pois, nossa mãe e os aparentados nossos, assentaram: que o mantimento que tivesse, ocultado na canoa, se gastava; e, ele, ou desembarcava e viajava s'embora, para jamais, o que ao menos se condizia mais correto, ou se arrependia, por uma vez, para casa.
No que num engano. Eu mesmo cumpria de trazer para ele, cada dia, um tanto de comida furtada: a idéia que senti, logo na primeira noite, quando o pessoal nosso experimentou de acender fogueiras em beirada do rio, enquanto que, no alumiado delas, se rezava e se chamava. Depois, no seguinte, apareci, com rapadura, broa de pão, cacho de bananas. Enxerguei nosso pai, no enfim de uma hora, tão custosa para sobrevir: só assim, ele no ao-longe, sentado no fundo da canoa, suspendida no liso do rio. Me viu, não remou para cá, não fez sinal. Mostrei o de comer, depositei num oco de pedra do barranco, a salvo de bicho mexer e a seco de chuva e orvalho. Isso, que fiz, e refiz, sempre, tempos a fora. Surpresa que mais tarde tive: que nossa mãe sabia desse meu encargo, só se encobrindo de não saber; ela mesma deixava, facilitado, sobra de coisas, para o meu conseguir. Nossa mãe muito não se demonstrava.
Mandou vir o tio nosso, irmão dela, para auxiliar na fazenda e nos negócios. Mandou vir o mestre, para nós, os meninos. Incumbiu ao padre que um dia se revestisse, em praia de margem, para esconjurar e clamar a nosso pai o 'dever de desistir da tristonha teima. De outra, por arranjo dela, para medo, vieram os dois soldados. Tudo o que não valeu de nada. Nosso pai passava ao largo, avistado ou diluso, cruzando na canoa, sem deixar ninguém se chegar à pega ou à fala. Mesmo quando foi, não faz muito, dos homens do jornal, que trouxeram a lancha e tencionavam tirar retrato dele, não venceram: nosso pai se desaparecia para a outra banda, aproava a canoa no brejão, de léguas, que há, por entre juncos e mato, e só ele conhecesse, a palmos, a escuridão, daquele.
A gente teve de se acostumar com aquilo. Às penas, que, com aquilo, a gente mesmo nunca se acostumou, em si, na verdade. Tiro por mim, que, no que queria, e no que não queria, só com nosso pai me achava: assunto que jogava para trás meus pensamentos. O severo que era, de não se entender, de maneira nenhuma, como ele agüentava. De dia e de noite, com sol ou aguaceiros, calor, sereno, e nas friagens terríveis de meio-do-ano, sem arrumo, só com o chapéu velho na cabeça, por todas as semanas, e meses, e os anos — sem fazer conta do se-ir do viver. Não pojava em nenhuma das duas beiras, nem nas ilhas e croas do rio, não pisou mais em chão nem capim. Por certo, ao menos, que, para dormir seu tanto, ele fizesse amarração da canoa, em alguma ponta-de-ilha, no esconso. Mas não armava um foguinho em praia, nem dispunha de sua luz feita, nunca mais riscou um fósforo. O que consumia de comer, era só um quase; mesmo do que a gente depositava, no entre as raízes da gameleira, ou na lapinha de pedra do barranco, ele recolhia pouco, nem o bastável. Não adoecia? E a constante força dos braços, para ter tento na canoa, resistido, mesmo na demasia das enchentes, no subimento, aí quando no lanço da correnteza enorme do rio tudo rola o perigoso, aqueles corpos de bichos mortos e paus-de-árvore descendo — de espanto de esbarro. E nunca falou mais palavra, com pessoa alguma. Nós, também, não falávamos mais nele. Só se pensava. Não, de nosso pai não se podia ter esquecimento; e, se, por um pouco, a gente fazia que esquecia, era só para se despertar de novo, de repente, com a memória, no passo de outros sobressaltos.
Minha irmã se casou; nossa mãe não quis festa. A gente imaginava nele, quando se comia uma comida mais gostosa; assim como, no gasalhado da noite, no desamparo dessas noites de muita chuva, fria, forte, nosso pai só com a mão e uma cabaça para ir esvaziando a canoa da água do temporal. Às vezes, algum conhecido nosso achava que eu ia ficando mais parecido com nosso pai. Mas eu sabia que ele agora virara cabeludo, barbudo, de unhas grandes, mal e magro, ficado preto de sol e dos pêlos, com o aspecto de bicho, conforme quase nu, mesmo dispondo das peças de roupas que a gente de tempos em tempos fornecia.
Nem queria saber de nós; não tinha afeto? Mas, por afeto mesmo, de respeito, sempre que às vezes me louvavam, por causa de algum meu bom procedimento, eu falava: — "Foi pai que um dia me ensinou a fazer assim..."; o que não era o certo, exato; mas, que era mentira por verdade. Sendo que, se ele não se lembrava mais, nem queria saber da gente, por que, então, não subia ou descia o rio, para outras paragens, longe, no não-encontrável? Só ele soubesse. Mas minha irmã teve menino, ela mesma entestou que queria mostrar para ele o neto. Viemos, todos, no barranco, foi num dia bonito, minha irmã de vestido branco, que tinha sido o do casamento, ela erguia nos braços a criancinha, o marido dela segurou, para defender os dois, o guarda-sol. A gente chamou, esperou. Nosso pai não apareceu. Minha irmã chorou, nós todos aí choramos, abraçados.
Minha irmã se mudou, com o marido, para longe daqui. Meu irmão resolveu e se foi, para uma cidade. Os tempos mudavam, no devagar depressa dos tempos. Nossa mãe terminou indo também, de uma vez, residir com minha irmã, ela estava envelhecida. Eu fiquei aqui, de resto. Eu nunca podia querer me casar. Eu permaneci, com as bagagens da vida. Nosso pai carecia de mim, eu sei — na vagação, no rio no ermo — sem dar razão de seu feito. Seja que, quando eu quis mesmo saber, e firme indaguei, me diz-que-disseram: que constava que nosso pai, alguma vez, tivesse revelado a explicação, ao homem que para ele aprontara a canoa. Mas, agora, esse homem já tinha morrido, ninguém soubesse, fizesse recordação, de nada mais. Só as falsas conversas, sem senso, como por ocasião, no começo, na vinda das primeiras cheias do rio, com chuvas que não estiavam, todos temeram o fim-do-mundo, diziam: que nosso pai fosse o avisado que nem Noé, que, por tanto, a canoa ele tinha antecipado; pois agora me entrelembro. Meu pai, eu não podia malsinar. E apontavam já em mim uns primeiros cabelos brancos.
Sou homem de tristes palavras. De que era que eu tinha tanta, tanta culpa? Se o meu pai, sempre fazendo ausência: e o rio-rio-rio, o rio — pondo perpétuo. Eu sofria já o começo de velhice — esta vida era só o demoramento. Eu mesmo tinha achaques, ânsias, cá de baixo, cansaços, perrenguice de reumatismo. E ele? Por quê? Devia de padecer demais. De tão idoso, não ia, mais dia menos dia, fraquejar do vigor, deixar que a canoa emborcasse, ou que bubuiasse sem pulso, na levada do rio, para se despenhar horas abaixo, em tororoma e no tombo da cachoeira, brava, com o fervimento e morte. Apertava o coração. Ele estava lá, sem a minha tranqüilidade. Sou o culpado do que nem sei, de dor em aberto, no meu foro. Soubesse — se as coisas fossem outras. E fui tomando idéia.
Sem fazer véspera. Sou doido? Não. Na nossa casa, a palavra doido não se falava, nunca mais se falou, os anos todos, não se condenava ninguém de doido. Ninguém é doido. Ou, então, todos. Só fiz, que fui lá. Com um lenço, para o aceno ser mais. Eu estava muito no meu sentido. Esperei. Ao por fim, ele apareceu, aí e lá, o vulto. Estava ali, sentado à popa. Estava ali, de grito. Chamei, umas quantas vezes. E falei, o que me urgia, jurado e declarado, tive que reforçar a voz: — "Pai, o senhor está velho, já fez o seu tanto... Agora, o senhor vem, não carece mais... O senhor vem, e eu, agora mesmo, quando que seja, a ambas vontades, eu tomo o seu lugar, do senhor, na canoa!..." E, assim dizendo, meu coração bateu no compasso do mais certo.
Ele me escutou. Ficou em pé. Manejou remo n'água, proava para cá, concordado. E eu tremi, profundo, de repente: porque, antes, ele tinha levantado o braço e feito um saudar de gesto — o primeiro, depois de tamanhos anos decorridos! E eu não podia... Por pavor, arrepiados os cabelos, corri, fugi, me tirei de lá, num procedimento desatinado. Porquanto que ele me pareceu vir: da parte de além. E estou pedindo, pedindo, pedindo um perdão.
Sofri o grave frio dos medos, adoeci. Sei que ninguém soube mais dele. Sou homem, depois desse falimento? Sou o que não foi, o que vai ficar calado. Sei que agora é tarde, e temo abreviar com a vida, nos rasos do mundo. Mas, então, ao menos, que, no artigo da morte, peguem em mim, e me depositem também numa canoinha de nada, nessa água que não pára, de longas beiras: e, eu, rio abaixo, rio a fora, rio a dentro — o rio.
(Traducción de Juan Carlos Sánchez Sottosanto)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada